Me encontré en este mundo cierto día, ya no sé cuál, y hasta ese momento, desde el momento en que obviamente nací, había vivido sin sentir. Si pregunté donde me encontraba, todos me engañaron, contradiciéndose todos. Si pedí que me dijeran lo que haría, todos me hablaron falsamente, y cada uno me dijo una cosa personal. Si, por no saber, me paré en el camino, todos se pasmaron de que no siguiera hacia donde nadie sabía lo que había, o no me volviera para atrás–yo que, despierto en la encrucijada, no sabía de dónde procedía. Vi que estaba en escena y yo no me sabía el papel que los demás enseguida recitaban, sin saberlo también. Vi que estaba vestido de paje, y no me dieron reina, culpándome de no tenerla. Vi que tenía en las manos el mensaje que entregar, y cuando les dije que el papel estaba en blanco, se rieron de mí. Y todavía no sé si se rieron porque todos los papeles están en blanco, o porque todos los mensajes se adivinan.
Finalmente, me senté en la piedra de la encrucijada como a la lumbre del hogar qe nunca tuve. Y empecé, a solas conmigo mismo, a hacer barcos de papel con la mentira que me habían dado. Nadie quiso creerme, y no por mentiroso, y yo no tenía lago donde probar mi verdad.
Palabras ociosas, perdidas, metáforas sueltas que una vaga angustia va encadenando a sombras... Vestigios de mejores tiempos, vividos no sé donde en bulevares... Lámpara apagada cuyo oro brilla en la oscuridad gracias a la memoria de su extinguida luz... Palabras lanzadas, no al viento, sino al suelo, dejadas escapar entre los dedos sin asegurarlas, como hojas secas que entre ellos hubieran caído de un árbol invisiblemente infinito... Saudades de los estanques de las quintas ajenas... Ternura de lo nunca acontecído...
¡Vivir! ¡Vivir! Y al menos la sospecha de si acaso en el lecho de Proserpina hubiera podido yo dormirme.
24 nov 2009
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