La marea se estremecía, buscando entre las olas un nuevo remolino. Las estrellas tiritaban, como queriendo causar una explosión. Reposado sobre la arena oía el rugído del océano que clamaba ingenuidad. Había pasado muchísimo tiempo desde que, encerrada en una flor de la estepa, la incredibilidad de mi niñéz de un salto despertó. Me olvidaba, en constante rutina, de los ángeles y demonios que denominaban mi camino como incierto. Me quedo sin palabras y allá, donde nace la fuga, donde el cielo y el mar son uno, me pierdo. Me olvido quién soy y juego con el repiqueteo de una nueva era que se asoma en el horizonte.
Los órganos en mi cuerpo se reacomodan, erotizandome. Me sumergo en el agua helada, desnudo. Me lavo nombres e historias. Refrego con fuerza sobre mis manchas, la sangre hierve, escupo las mentiras que me dije y las que obligué a censurarme. Asi, una y otra vez, hasta sentirme limpio. Así, una y otra vez, hasta que olvido mi nombre. De esa manera, sin pasado, jamás me miraste a los ojos, y cuando se escapan las estrellas del cielo no necesito desear más que un futuro para reescribirlo en el pasado. Traspapelar los hechos y llegar antes de haberme perdido. Los caminos no se bifurcan, y soy uno. Sólo uno. Camino silvando entre las sombras q se reflejan a través de los abetos. Y el camino se extiende llano y luminoso frente a mis ojos que buscan apasionados. Mariposas nacen desde el centro de la tierra y vuelan alto antes de morir. De derretirse la miel que mantiene sus alas forjadas al cuerpo. Mi vida por la luna.
Mi vida por la luna y miel para mis alas y volar al Sol y morir en el mar. La espuma compra mi cuerpo, la sal conquista mi alma. Me fundo y mermo hasta ser aire. Hasta ser nadie. Nada.
26 nov 2009
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