Le tocaba la piel sin disimulo. Acariciaba sus muslos, sus piernas; besaba sus rodillas que sabían a frambuesas. Enredado entre sus brazos buscaba la brisa desde el recoveco de su axila. Una bocanada de aire fresco, una corriente de pureza.
Si en las letras del deseo se escribiera su nombre, a ellas también besaría, puesto que de mi boca fluyen anhelos de apetito. Desprendido del reconcomio de llevarlo en mi estómago, devorarlo de a mordiscos lentos.
Vaya banquete.
5 dic 2009
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